Pues, Bill, sí es por la causa

Pues, Bill, sí es por la causa

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de Bill Riccio, Jr.

traducido desde el inglés por Matthew Penza

Con el título epónimo tomado del Padre Richard C. Cipolla, este escritor empecé un viaje a través del país a las regiones agrestes de Portland, Oregón, para ser maestro de ceremonios por una misa pontificia en la Iglesia del Santo Rosario. La fecha de la misa fue el 29 de junio de 2007, y yo iba a tener que hacer algo que nunca había hecho en mis 54 años hasta entonces: viajar en avión.

Sí. Con las palabras del Padre Cipolla sobre la «causa» de la misa tradicional, él sabía que me tenía justo donde me quería. Y me quería en un avión a Portland.

Tengo sotana; viajaré.

Hasta entonces, mi lema había sido “Tengo sotana; viajaré.” Había hecho viajes de arriba a abajo el corredor noreste, y había hecho sesiones de formación en la Ciudad de Nueva York; Boston; Springfield, Massachusetts; y pueblos y aldeas en medio. Esta fue la primera vez que se había pedido que yo viaje a través del país para celebrar una misa, y era bastante misterioso cómo mi nombre—o mi reputación—había surgido, pero no por mucho tiempo.

La invitación se emitió en un día sombrío de Nueva Inglaterra de la primavera. Estaba en mi oficina en West Haven, Connecticut, editando alguna copia por el periódico semanal que dirijo, The West Haven Voice. Cuando el teléfono sonó, pensé que era otro pedido por información sobre cómo entregar anuncios, o alguna tal tarea.

Pie de foto: Guerreros litúrgicos en armas: El Padre Richard Cipolla de la Iglesia de Santa María en Norwalk, Connecticut (derecha), y el Director de Coro Dean Applegate (izquierda) de la Iglesia del Santo Rosario en Portland, Oregón. Los dos graduados de la Universidad de Oxford han pasado muchos años en las trincheras litúrgicas.

Pero no fue ese tipo de llamado. Él que llamaba se identificó como Dean Applegate, el director artístico de Cantores in Ecclesia (traducido, los Cantantes en la Iglesia), un grupo con sede en Portland que dirige el Festival de William Byrd cada agosto. Applegate preguntó si yo era el mismo William Riccio a quien le interesaba los ritos tradicionales. Cuando ha recibido su confirmación, hizo su pedido: ¿Podría venir a Portland para organizar una misa pontificia celebrada por el entonces obispo auxiliar de Portland Kenneth Steiner? La misa se iba a celebrar el día de la fiesta de los Santos Pedro y Pablo en Santo Rosario, la cual iglesia los dominicanos dirigen.

El miedo de volar

El pedido me sorprendió, y el pensamiento de volar a través del país no me sentaba bien. El idea de ser una sardina en una lata para cualquier período de tiempo, cinco millas sobre la tierra firme, no me gustaba. Ciertamente había manejado a Rockford y a Indianápolis, ambos más de 1.100 millas de distancia, en ocasiones separadas, para evitar el «gran ave plateado».

Llamaba al Padre Cippola, el quien tenía este consejo sabio: «Bill, o el avión llegará o no.» Iba a venir conmigo y ya había conversado con Dean y Beverly Stevens, una parroquiana antigua. Con esto en mente, y la cabeza mía todavía nadando, tomé el paso decisivo—y esperaba que el avión no cochara. «Okey, hagámoslo.»

Empecé a pensar del viaje. Habería un vuelo a Chicago con una escala de cuatro horas, y luego otro a Seattle, donde Beverly y su esposo Harry nos recogerían. Nos hospedaríamos en su casa durante los tres días. Salimos el 28 de junio debido al trabajo y otras responsabilidades. Teníamos que celebrar una misa pontificia al Faldstool con un ensayo de sólo un día.

«¿Quieres decirme que no va a ser un vuelo sino dos

«Espera un momento. ¿Quieres decirme que no va a ser un vuelo sino dos?» Entonces había un viaje desde Seattle a Portland por la autopista. Me habían dicho que es un tiro de piedra entre las dos ciudades. Al noreste, esto significa 20 minutos. Al oeste de Pennsylvania, es cualquier viaje más corto que un medio día de viajar. Había aprendido eso en esos viajes en carro.

Saliendo de LaGuardia, recibí mi primer gusto del control de seguridad de la Agencia de Seguridad Nacional. Siempre me divierte—y bastante me desconcierta—cada vez que el agente mira el permiso de conducir, entonces a tí, entonces el permiso de nuevo, y finalmente lo firma. Entiendo que es mal retrato, ¡pero soy yo!

El viaje a Chicago salió sin problema, pero había una parada de cuatro horas. Aún con todas las tiendas, boutiques, y cursilerías, no hay mucho que hacer en los aeropuertos. El Padre C. y yo almorzaron para pasar el tiempo.

Yo era atento durante la primera parte del viaje, pero esta vez hice lo que todos los demás hacían—algo diferente. Esta vez, en lugar de estar aterrado, bromeé al Padre C., «Recuerda, Padre, que si hay alguna problema, es una absolución general por todos.» Me miró y dijo, «¿Y yo?» Respondí, «¿Tú? ¡Estás en tu propio!»

Aprendí de primera mano sobre los veranos en Chicago. Una sucesión de tormentas eléctricas nos dejo plantados en la pista durante 90 minutos. «Entonces, esto es cómo es el viaje por avión” Pero lo mejor todavía estaba por venir.

Mi primera experiencia con la turbulencia ocurrió mientras estábamos volando sobre las Montañas Rocosas. Ahora entiendo cómo siente maíz mientras reventando en la máquina de palomitas. Fuimos zarandeados, sacudidos, y casi hechos rodar durante unos cinco minutos—¿o fue 20? Pregunté al buen clérigo si esto es «normal». Sólo aparecía un poco picado.

Otra vuelta larga

Al final, llegamos en Seattle, conseguimos el equipaje, y encontramos a Beverly y a Harry. Ahora bien, aunque era un viaje de tres días, la mayoría de lo que compramos no era por nosotros. Teníamos vestiduras, misales, el Canon Pontificio, y otras cosas surtidas. Lo apodé el Espectáculo Viajando de Salvación.

Ahora fuimos a Portland. Otra vuelta larga nos esperaba.

Llegamos a la casa de los Stevens alrededor de las ocho de la noche, o las once EST. Hemos salido alrededor de las cinco esa mañana. Había gente esperándonos, y unos amigos nos recibieron. Nos dieron bienvenidos al Gran Noroeste.

Esto incluyó al Padre Anthony Patalano, O.P., que es pariente de un amigo en la Ciudad de Nueva York, Joseph Patalano. Yo lo conocía de la misa tradicional en Nueva York.

Era una buena reunión que duró alrededor de tres horas.

 

Todo dicho, el Padre C. y yo hemos estado despiertos durante 21 horas, y era hora de dormir.

Días ajetreados venideros

El siguiente día era un grande. Tenía que reunirme con los monaguillos y los ministros, y reunirme con el mismísimo Obispo Steiner antes de la misa esa noche. Era un día largo de dar papeles y ensayar. Fue durante ese ensayo que conocí al hombre que luego sería el Padre Eric Anderson.

Pasé la mañana trabajando con los monaguillos y la tarde con los ministros y el obispo. El Padre C. fue el sacerdote ayudante, y le hizo feliz que el Obispo Steiner dijo que quería que él cuide su mitra.

Los monaguillos de Santo Rosario eran un buen grupo de niños. Todos varones, varían en edad desde 12 a 17. Entonces era facíl a navigar. Escuchaban porque han sido entrenados en la importancia de lo que hacen. Encuentro esto por todo el país dondequiera que es normativo que los monaguillos son todos varones. La importancia del papel, además del aprenderlo, da una precisión casi militar a lo que los niños hacen. Es algo varonil.

El Obispo Stener no solo era un prelado muy agradable, sino también un buen hombre de honor e integridad. Quería hacerlo bien, y se entregó a la liturgia.

Durante el ensayo para esta misa, conocí al Dr. William Mahrt, el quien era subdiácono cuando todavía teníamos poco consejo en tales cuestiones. El Dr. Mahrt y yo hemos trabajado juntos muchas veces desde entonces. Trabajaba por él como maestro de ceremonias del coloquio anual de la Asociasión de Música Religiosa este año en San Pablo, Minnesota.

La noche de la misa era interesante, no solo porque la iglesia era plena de asistentes, ni porque los monaguillos y ministros hicieron tan bien como nosotros, el Obispo Steiner incluido, podríamos haber podido de ellos. Es la homilía que el obispo pronunció que se destaca en mi mente.

Noticias bienvenidas desde Roma

Sabíamos que algo estaba sucediendo en Roma. Hemos oído que algún tipo de decreto papal iba a afectar los ritos tradicionales. El Obispo Steiner lo mencionó positivamente. Iba a ser bueno para la Iglesia.

La misa duró alrededor de dos horas. El maestro de ceremonias era muy nervioso antes de la misa, pero tenía no necesidad de preocuparse. Aun así, estaba empapado en sudor cuando ha terminado. De hecho, se condujo a otro viaje a Portland para el Festival de William Byrd y otro el próximo año para el festival y una misa, esta vez una misa solemne por el Padre C.

El próximo día o así descansamos y hicimos turismo en partes hermosas del Noroeste. Pero vino la hora de volver a casa, y la mañana del lunes embalamos y salimos para el aeropuerto. Esta vez viajamos a Newark directamente.

Sip. Aquí voy de nuevo. Otro viaje en ese maldito avión.

Sobre el autor: Bill Riccio, Jr., es editor de The West Haven Voice (La Voz de West Haven) en West Haven, Connecticut. Es un maestro de ceremonias de mucho tiempo para la misa latina tradicional.

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